sábado, 28 de mayo de 2016

EL TRAGALDABAS



Ilustración de Maurizio A.C. Quarello.


EL TRAGALDABAS

A A. Trevor, otra vez
(lo nuestro ya es vicio).


Tras no haber podido saciar su voracidad con la gastronomía de los cinco continentes, Roberto comenzó a comerse las palabras.

Empezó degustando palabras chiquitas como sol, coz o dios para, poco a poco, enfrentarse con platos lingüísticos más elaborados. ¡Qué glotonería desatada cuando le hincaba el diente a las esdrújulas, se le caía la baba con palabras como fósforo o pérgola! En un abrir y cerrar de ojos, se zampaba hasta las locuciones adverbiales más indigestas; ¡no había expresión o dicho que le resultara pesado a un estómago a prueba de erratas!

Tenía que tener cuidado con palabras como silencio o sombra, le provocaban unos sarpullidos mudos por los antebrazos: un par de días a dieta con vocales y asunto arreglado.

Las palabras polisémicas, cómo no, eran su debilidad. Aunque no comprendía del todo esa esquizofrenia léxica, lo cierto es que le saciaban más; suficiente argumento para un tragaldabas de manual como él.

Cuando acabó con el idioma español su paladar pronto se acostumbró al inglés: el hambre no sabe de barreras idiomáticas. Y cuando engulló todo el inglés, pasó al francés y así, sucesivamente, con las cinco mil lenguas que pueblan el mundo (seguro que se hacen una idea).

A día de hoy, sigue devorando palabras en lenguas muertas, en idiomas perdidos, y aunque pueda resultar paradójico, parece que tienen más sabor, es lo que dice el tragaldabas, que no sé yo si creerle.
 

lunes, 23 de mayo de 2016

LA PRINCESA QUE SOÑABA CON DRAGONES



Ilustración Julian Lorenzo.


LA PRINCESA QUE SOÑABA CON DRAGONES


A Asier Vázquez,
por utilizar un verso tuyo
para mis juegos.



¡Estoy hasta el moño de San Jorges! ¡Qué dichosa manía, tienen, por salvarme? ¿No se dan cuenta que si estoy considerando irme a vivir con los dragones, en parte, es por ellos? ¡Porque hay que ver lo aburridos que son los caballeros… si hasta las orquídeas de palacio languidecen cuando tocan sus liras o alardean con sus batallitas!

Si el vulgo tuviese menos prejuicios y les diesen una oportunidad, vería que los dragones son gente encantadora y oigan, ¡tan fogosos!, que como amantes no tienen par.

Una no es princesa por sangre, sino porque hace lo que le da la gana; y mis ganas se decantan por sus colmillos y su forma de hacerme volar.

Decidido: ¡menos príncipes y más dragones!

jueves, 19 de mayo de 2016

LAS LÁGRIMAS DE LA MÁSCARA: FINAL B



Máscara africana.



LAS LÁGRIMAS DE LA MÁSCARA: FINAL B


…cuando Felipe renunció a explicar científicamente las lágrimas que vertía la máscara africana en su salón y aprendió a convivir con lo asombroso, la máscara no sólo dejó de llorar súbitamente, sino que comenzó a hablar. Lo raro fue que no articuló palabras en ninguno de los dos mil idiomas de aquel continente, utilizó el lenguaje de la infancia, pero no el de todas las infancias, sino el de la de Felipe.

Y le contó que los pájaros azules que habían conducido a su tío al manicomio, volaban dentro de su cabeza para acompañar sus sueños malogrados; que la pequeña isla donde celebraba los cumpleaños y que sumergía el río en las crecidas, se había convertido en península; que la chica del pupitre de al lado no lo miraba porque se sentía intimidada al considerarlo demasiado leído; que el triciclo que desapareció aquella lejana mañana de primavera, se lo habían llevado los gitanos; que cada noche, cuando él dormía, su madre le acariciaba el cabello durante diez minutos… 

Fueron tantas y tan epifánicas las revelaciones de la máscara, que Felipe abandonó su trabajo en el laboratorio y marchó a conocer mundo; gracias a las lágrimas de la máscara, su presente era tan virgen como inexplicable.