miércoles, 28 de septiembre de 2016

CAPERUCITA FEROZ

(Con una Caperucita como Mónica Bellucci, ¿qué Lobo está a salvo?)



CAPERUCITA FEROZ

A la Orquesta Mondragón.
 

Sus palabras eran como una luna llena, como una bala de plata directa al corazón. ¿Qué lobo, que se preciara como tal, podía resistirse a tan animal Caperucita?

Y sus ganas de adentrarse en el bosque, y esas minifaldas a lo Brigitte Bardot, y esas pecas consteladas por su escote, convertían el hambre en manada desbocada. 

Para más inri, la mina era argentina; de esas que te hacen doblemente el amor: de cuerpo y de palabra.

¡Lengua viva, hadita libertina, merienda de lobos: sólo puedes resistirte, huyéndola!

LA LENTEJA ASESINA






LA LENTEJA ASESINA


Para Anuska. Amo tus fobias.


-¿Cómo te va a matar una lenteja?

-Que sí, que sí, esa maldita legumbre acabó conmigo.

-Un rayo en una tormenta eléctrica, atragantarse con una aceituna o incluso concibo ser aplastado por un piano de dibujos animados, ¿pero… una lenteja asesina?

-Siempre sospeché de ellas, con ese color raro como de cercanías de ataúd: nunca me dieron buena espina. Total, que mi suegra me preparó un plato el domingo pasado, y por la noche ya estaba cadáver. Parece que empezaron a germinar en el  estómago, destrozando mis órganos vitales en su despistado crecimiento; se pensarían que estarían en la huerta, qué se yo.

-¡Un caso insólito, ciertamente!

-¿Y a ti qué te mato?

-¿A mí…? Un silbido.


martes, 27 de septiembre de 2016

EL PESADOR DE PALABRAS




EL PESADOR DE PALABRAS



Sabía cuánto pesaban las palabras: tres miligramos si eran una mentira, siete miligramos si eran una verdad. Si se trataba de esas que uno aprende en la infancia y te acompañan de por vida, su peso doblaba al de las verdades: catorce miligramos. Las palabras que uno roba a los amores de temporada suelen oscilar entre cinco y cuatro miligramos, dependiendo de la temperatura de los encuentros. Las más pesadas, sin duda, son las que se escuchan en los funerales: veintiséis miligramos. Inexplicablemente, las de mayor levedad son las palabras de amor verdadero, apenas un miligramo.

El silencio, dice, no se pesa en gramos, sino en ausencias y no utiliza como referencia la fuerza de la gravedad sino otra desconocida, a la que él llama La fuerza fugitiva. 

Lo que da miedo de verdad, es que es capaz de medir, también, lo que pasa por las entrelineas.