martes, 13 de diciembre de 2016

LA FUGA DEL MANIQUÍ



LA FUGA DEL MANIQUÍ

Harto de ser y de no ser más harto
Agustín Millares

Tras siete años en ese escaparate del centro comercial, el maniquí estaba harto. Lo habían disfrazado de todo: de hípster, de surfista, de andrógino, de punki burgués, de anarquista de derechas… hasta en un abril, se habían atrevido a vestirlo como poeta, con sus ínfulas azules y su canesú. –Yo que nací para autómata, en el sentido griego, heme aquí arruinando mi horizonte- pensaba el maniquí mientras ultimaba sus planes de fuga. Y esa noche, ayudado por otro muñeco que lo sustituyó para que el guarda de seguridad no se diese cuenta, el maniquí prendió su libertad. Como gesto, no se sabe si revolucionario o epitafio de su antigua vida, dejó una pintada en la luna del escaparate: Podrá el hombre engendrar monstruos con su cultura, mas no habrá jaula que disminuya sus pasiones”.

Al día siguiente, a la dirección le pareció tan sugerente el canto libertario, que en la campaña de primavera, el centro comercial optó por convertirlo en su eslogan.

CARTOGRAFÍA DEL ICEBERG



CARTOGRAFÍA DEL ICEBERG


El secreto era trazar el mapa de su pubis con minuciosidad de cartógrafo. Escuchar como variaba su línea de flotación entre el ombligo y los muslos, dependiendo de las mareas con las que se la tratase. De caderas para arriba, una única era Rebeca; de caderas para abajo, a saber de cuántas mujeres o pólvora estaba hecha. Lo mejor de ella -aunque suene a tópico- eran sus profundidades. ¿Qué andaba haciendo en esta ciudad costera, provocando tanto naufragio?

Rebeca se fundía en los bares, por las terrazas. ¡Le seguían peces de colores tras la falda, dejaba un perfume azul entre las calles! Mayormente, motivaba insomnios, males menores (algún que otro pecado capital si la dicha era buena). Cómo explicar que los barcos la buscasen para estrellarse, es un misterio digno de la electromagnética.

Pero Rebeca se despedazaba continuamente, parecía querer consumirse, volver a ser agua. Y se fue fugitiva a otro mar. Se dejó llevar por la corriente, como un iceberg, como hacen las rebecas cuando no se sabe amarlas.

lunes, 12 de diciembre de 2016

ELOGIO DEL NAUFRAGIO



ELOGIO DEL NAUFRAGIO


Lo que le gustaba de verdad era naufragar, por eso se embarcaba en proyectos desmedidos. Soñaba en tantas dimensiones inabarcables que las vías de agua no tardaban en aparecer. A veces esas vías se llamaban Leonor o Beatriz, otras se apodaban revolución o libertad, pero las más de las veces tenían nombres de fenómenos atmosféricos como “Fuego de San Telmo” o “Los tres soles” (parece que a su vocación de náufrago, se le unía cierta extravagancia meteorológica, flamígera... y esdrújula).

Lo que más saboreaba de sus naufragios, posiblemente, eran las vistas desde el fondo del mar: el plancton se ilumina cuando un barco lo rasga en su travesía y parece como un amanecer intermitente, como una variante marina de las luciérnagas. También se sentía cómodo en el silencio abisal y le encantaba frecuentar los pecios hundidos: le recorría el mismo cosquilleo en la espalda que al aventurarse por las casas abandonadas de su infancia.

Digamos que su querencia por el naufragio tenía un componente estructural: su imaginación tendía a volar al revés, a caer más que a ascender. Sus amigos lo tenían claro: sus sueños tenían demasiada gravedad.